En una cultura política enferma de bandos, una de las cosas más difíciles es reconocer que alguien con quien no simpatizamos puede hacer algo correcto, útil o necesario.
Nos han entrenado para pensar en bloques: si viene de “los míos”, se defiende; si viene de “los otros”, se rechaza. Ese reflejo ha destruido demasiado pensamiento político. También ha impedido que muchas sociedades aprovechen soluciones reales solo porque no vienen del lado ideológico correcto.
Hay gente que, por rechazar a una figura pública, sería capaz de despreciar incluso una acción que salve vidas, abra caminos o alivie el sufrimiento de muchos. Si una cura, una reforma o una oportunidad aparece asociada a alguien que detestan, prefieren negarla antes que reconocer su valor. En ese punto, la ideología deja de ser una convicción y se convierte en una enfermedad del juicio.
Pero hay otra manera de mirar la realidad.
Se puede criticar a una persona, a un gobierno, a un partido o a un liderazgo y, aun así, reconocer cuando una acción concreta produce un bien real. Se puede mantener una postura crítica sin caer en la ceguera moral. Se puede decir: “No simpatizo con esa figura, no comparto muchas de sus ideas, pero esta medida ayuda, esta decisión fue correcta, este resultado merece ser reconocido”.
Esa es una posición sensata. También es una posición profundamente no partidista.
El no partidismo no consiste en quedarse en el medio por comodidad. Consiste en evaluar las ideas, las acciones y los resultados por su valor real, no por el color político de quien los propone. Una Alternativa No Partidista para Cuba tiene que partir de esa madurez: apoyar lo que ayude al país, venga de donde venga, y rechazar lo que dañe al pueblo, venga de quien venga.
Cuba no necesita más lealtades ciegas. Ya hemos pagado demasiado caro la obediencia ideológica, el culto a los nombres, la repetición de consignas y la incapacidad de reconocer verdades incómodas. Un país destruido no puede darse el lujo de despreciar soluciones porque no encajan en una etiqueta política.
La pregunta no debe ser: “¿Quién lo propone?”
La pregunta debe ser: “¿Esto ayuda a Cuba? ¿Reduce el sufrimiento? ¿Abre oportunidades? ¿Protege derechos? ¿Reconstruye instituciones? ¿Devuelve dignidad?”
Si la respuesta es sí, debe considerarse con seriedad. Si la respuesta es no, debe cuestionarse con firmeza, aunque venga de alguien que nos guste.
Esa es la diferencia entre pensar como militante y pensar como ciudadano.
El militante defiende su bando.
El ciudadano defiende el bien común.
Para una Cuba nueva, necesitamos menos reflejos tribales y más honestidad intelectual. Necesitamos personas capaces de agradecer una cura aunque no simpaticen con el médico; capaces de apoyar una medida útil aunque venga de un adversario; capaces de criticar a los suyos cuando se equivocan y reconocer aciertos en quienes piensan distinto.
Eso no es oportunismo. Es madurez cívica.
Una Alternativa No Partidista para Cuba debe tener esa brújula: máximo bien, mínimo daño; menos culto al mensajero, más atención al resultado; menos obediencia al grupo, más compromiso con la verdad y con la gente.
Porque Cuba no se reconstruirá con fanatismos invertidos. Se reconstruirá con ciudadanos libres, críticos, honestos y capaces de reconocer el bien donde aparezca.
Comentarios
Puedes dejar tu comentario. Se guarda con moderación previa antes de publicarse.